Sahara Race 2011

“Mi propia experiencia”

He oído a físicos hablar de universos paralelos, once creo que son los que dicen que hay. Yo he estado en uno, aparte de aquel en el que vivo. Pero creo que el mío no está contado. Tenía un suelo de mil arenas que bien podría haber sido un mar, un cielo negro plagado de infinitas luciérnagas, una estrella inabarcable que me daba calor y tres amigos inmensos a los que acababa de conocer.

Al principio no te das cuenta del salto cuántico. La barrera es tan fina, tan transparente. Pero de repente, en un instante casi fugaz, todo lo que te rodea es tan hermoso…  y es ahí cuando eres consciente de que estás en otro lugar, en otro tiempo. A veces dudas de si estás en un volcán, buceando entre ballenas y tiburones, en un campo de melones, o dentro de un cuadro de Dalí. Hay paisajes que no tienen fin, da igual para dónde mires, otros tienen bolas por doquier como en una partida de pin ball, y en ocasiones, entre rocas y cañones de turrón surgían las formas más sensuales, o enormes montañas de arena que te decían muy suavemente, conquístame, con ese tono caramelo que se funde con el del sol.

Algunos ratos me creía en la luna, sin nadie en cientos de kilómetros alrededor, en plena aridez. Sólo mis amigos y yo descubriendo durante trece días aquel territorio desierto al que teníamos que vestir con un traje de gala rosa con una gran cola de 250 kilómetros, flanqueado por banderas que luego conquistarían los más valientes.

Para ello, temprano, cuando el sol aún no había salido, abría los ojos, cada día con una sonrisa diferente, a veces incluso con unas carcajadas mientras Alá era de fondo alabado, y con ritmo pero sin prisa nos adelantábamos a los que vendrían después, dejándolo todo listo para los que durante aquellos días iban a ser los reyes del Sáhara, para que encontrasen bien el camino y sólo se preocuparan de ser los más grandes.

Los días podrían haber sido largos, pero en realidad fueron cortos, muy cortos. Cómo podrían haber sido duros junto a aquellos seres estelares, Carlos, Mark y Mephraa…  ¡Dios! ¡Qué difícil es expresar tanto en tan poco espacio! Desde los primeros encuentros en Cairo y en la Tierra de Hani Zaqui, hasta el abrazo final entre millones de años de piedras apiladas de un pueblo generoso y amable. Podría hablaros de las borracheras de té, de hospitalidad y más hospitalidad, de una tienda de Burberry  en medio de la nada, o de una mujer que también apareció por allí y se llamaba Lola y bebía Coca Cola… o eso decía… A veces aún creciéndome desde donde había partido me sentía tan mínima como cualquiera de los granos de arena que me desplazaban. Sobre todo cuando salía a relucir la grandeza de mis compañeros, su dominio del griego o el alemán, su pericia en las olimpiadas de saltos acuáticos o en algunas competiciones que mejor no detallar; su inmensa bondad y la inocencia de uno de ellos en especial, el trabajo duro y hermoso que realizaron, sus enseñanzas, y su mucha, muchísima, casi infinita generosidad.

Y así pasábamos las horas, andando, cosiendo la tierra, descubriendo, y sobre todo riendo. Y cuando el día empezaba a acabar, el sol tan enorme que apenas entraba en una mirada te decía adiós quitándote el aliento, escondiéndose a veces tímidamente en el horizonte con una sonrisilla picarona, y otras veces con algo más de prisa entre cañones, pero siempre con el aura típico de un Dios, con todos los colores que te puede dar hasta alcanzar los rojos más intensos y levantando, por fin, el aire en señal de reverencia.

Entonces llegaba la noche,  y yo cansada, agotada de alegría, y envuelta en aquella brisa que ya no se quería marchar, me dejaba abrazar por cálidas plumas mientras escuchaba el silencio de los tambores de Egipto, y a veces, buscando satélites en medio de trillones de estrellas me llegaba clandestina una caricia suave que yo no había pedido. Y así, poco a poco, día a día, iba despertando de un largo letargo, sacando las espinas que desde hacía tanto tiempo llevaban en mi interior, que salían casi sin esfuerzo y ya sin sangre para hacerme ver todo lo que en realidad poseo, para mostrarme que basta un desierto para tenerlo todo y que, como siempre, todo está bien como está.

Y cuando algo así sucede en tu vida, no puedes hacer más que estar agradecido al universo entero porque hacía no mucho parecía imposible que la vida pudiera ser tan bella y generosa. Y darle las gracias al Sáhara, por lo que es, por su belleza inabarcable, por su calor y como dice un amigo, por su gran poder curativo. Al pueblo Egipcio por su generosidad y su sencillez. A Hani Zaki, por su gran hospitalidad y su peculiaridad, y a sus hombres por su gran trabajo. Al equipo de RacingThePlanet, por la excelente oportunidad y su acogimiento, por su gran labor y por abrir una puerta a los sueños de tantos. A los corredores por su valentía y su dolor. A Paquito (Lucanux) por su simpatía y su sonrisa constante y por el huequito que me presta. Y por supuesto a mis tres guías, Mark Lindsay por ser un gran compañero y amigo, por su excelente y brillante humor y por concederme el honor de formar parte de mi vida, espero que durante mucho tiempo; a Mephraa Abbound: parece mentira que con tan poco se pueda ser tan grande, no sabes cómo te echo de menos; y por supuesto, a Carlos García “Ultrarun” por lo que me ha dado, por lo que me ha curado, por el tiempo inolvidable, por su presencia y por estar, y simplemente por ser como es, inmenso como el desierto.

Alf shokran (mil gracias)

Fdo: Bárbara Gutiérrez Teíra

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